Por Máximo Laureano
A partir de esa idea, Rodríguez describió un escenario que, según expresó, no es solo global sino también nacional. Habló de “un mundo herido por la violencia, por la indiferencia y el vacío espiritual”, y puso especial énfasis en “nuestro país herido por la vergonzosa violencia intrafamiliar”, a la que señaló como una realidad que “desgarra y desangra a tantas familias”, con su expresión “más abominable” en los feminicidios.

Desde el altar, el prelado planteó que la Eucaristía —en particular en la solemnidad de Corpus Christi— no debe leerse como un acto aislado de la vida cotidiana, sino como una invitación concreta. Dijo que impulsa a los creyentes a convertirse en “signos visibles de esperanza y reconciliación” frente a heridas sociales que se profundizan.
En esa línea, vinculó el fenómeno con el “deterioro de la salud mental” y sostuvo que “solamente así uno puede tener la explicación de algunos casos que están sucediendo en el seno de algunas de nuestras familias y en el seno de nuestra sociedad”. El diagnóstico apuntó especialmente a la violencia psicológica y emocional, cuya escalada consideró alarmante.
El arzobispo remarcó que este escenario configura un desafío urgente para el país y, en particular, para las autoridades sanitarias. “No es una violencia que se soluciona necesariamente con la prisión”, advirtió, al insistir en que la atención a la salud mental debe ser parte central de la respuesta. Su planteo no negó la gravedad de los delitos ni el dolor de las víctimas, pero sí reclamó que las estrategias públicas incorporen herramientas de prevención, tratamiento y acompañamiento.
Rodríguez formuló así una “llamada urgente” a fortalecer dos dimensiones: por un lado, la “cultura del respeto”; por otro, el “cuidado mutuo” y la “salud integral de la persona”, un concepto que —según explicitó— incluye la salud mental. En el trasfondo de la homilía quedó una idea recurrente: enfrentar la violencia exige no solo sanción, sino también reconstrucción de vínculos, atención temprana y contención social.

Hacia el cierre, el arzobispo se dirigió directamente a los fieles con una frase de tono pastoral: “Queridos hermanos y hermanas, Corpus Christi no te olvida”. En su mensaje, la ceremonia religiosa se convirtió también en un espacio para nombrar una crisis que atraviesa hogares y comunidades, y para reclamar respuestas que, desde su perspectiva, atiendan tanto el daño visible como las causas profundas.
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